reconoce sus orígenes

Haz lo que quieras, dijo, la muy salvaje.

Carpe diem.

Publicado: 2016-01-18


Entonces, como todo ser humano responsable, consciente de lo mísero de mi especie, voy a terapia. De vez en cuando. Mi terapeuta me conoce ya hace un tiempo. Me cae muy bien. La primera vez que la vi, casi me voy. Me abrió la puerta una dama joven, menuda, sonriente, limpia, delicada. Vital. La vi y pensé ¿Y cómo vas a lidiar tú con éste monstruo sangrante? Casi giro sobre mis talones y me largo. No me fui por diferentes razones. Por ejemplo: El estudio era color amarillo cerveza helada atardecer en el sur, tenía un gato que amó mi abrigo de invierno desde un inicio, y el cuarto de locos queda frente a la vía expresa, en un piso alto, y siempre me ha gustado ver los ríos, sea cual sea su naturaleza. Pero la razón principal, fue que tenía unas tetas tan grandes en un cuerpo tan menudo, que había que tener una gran fortaleza de espíritu, pensé, para cargarlas con tanto temple y prestancia. Nos conocimos. No me equivoqué.

Ella es junguiana. Esto quiere decir: Nada de protocolos kojudos, nada de diván. Conversamos mucho. Me da trucos metafísicos para ahuyentar la mala vibra. Me gusta su método entre chamanístico y tradicional. Lo que no me gusta, es su técnica de descúbrelo- tú- sólo – yo- no- soy -Dios para -decirte –qué- hacer.

Y entonces suceden cosas como la de la última sesión. Llego al piso alto de cerveza helada dorada en el sur, a ver el río metálico que canta silencioso e invita al vértigo. Llega el gato y sin fuerzas le cuento a mi sabia terapeuta de figura menuda y grandes tetas, T., es una estupidez, no tengo derecho de sentirme así, siento que me hubiera tragado a Gollum y lo tuviera indigesto, por Cristo, ayúdame. Entonces la joven terapeuta de tetas magníficas me mira, y muy calmada como siempre, me dice: K., haz lo que quieras.

¡¿Qué?!, Le pregunto. Debo haber oído mal.

Haz lo que tú quieras, me dice.

Huracán. Violencia. Yo respiro miro al techo la ventana el gato, tengo ganas de salir a propulsión a chorro por el balcón y perderme en el horizonte del litoral – ( ahora amarillo, cochinón, politizado, mudo. Chiste para limeños). Y le digo luego de contar hasta diez con suma dificultad: ¿Pero de qué carajo me estás hablando, T.? ¿Qué me estás diciendo? ¿Que haga lo que yo quiera? ¡¿No sabes con quién estás hablando, después de todos estos años?! ¿Qué quieres? ¿Que vaya a robar lo que me de la gana? ¿Que me pierda en los mares nocturnos de la incertidumbre? ¿En qué lumpanar voy a acabar? ¿Cómo me dices eso? ¿A quién voy a matar/maldecir/mandar a golpear primero? ¿Con cuántos litros de pisco comienzo a disolverme? ¿Cuál es el mejor lugar para poner una bomba en el congreso? Esta mujer está más loca que yo, pienso, y me da un poco de cólera que me venga a decir algo así, conociéndome.

Ya, pues, T. le digo, pensando por primera vez que ahora sí estoy perdiendo mi tiempo. Le suelto la recatafila de barbaridades que en mi mente florecen, todas las fantasías tanáticas que alumbran mi cerebro, fulgor de bombardeos. Y le pregunto si se siente bien, tal vez ella necesite a su terapeuta. ¡¿Cómo me vas a decir que haga lo que quiera?!

Muy tranquila ella, ante mí que temblaba de emoción y rabia con las llaves del infierno y el salvoconducto de liberación de los caballos del apocalipsis en mi mano, me dice: ¿Eso quieres? ¿Eso quieres realmente? ¿Quieres irte a la cárcel? ¿Quieres ser esclava? ¿Quieres perder tu libertad? ¿Quieres volverte una adicta irreversible? ¿Quieres enfermarte? ¿Dañar tu cerebro? ¿Quieres perjudicar tu trabajo, tu arte, a ti misma, a tus hijos? ¿En verdad eso quieres? Pregúntate K. qué quieres tú, y hazlo… ¿No te gustaba la playa?

Silencio. Las nubes del odio se disipan. Sale el sol en el piso alto de cerveza dorada en el sur, regreso al río de carros. No, no quiero nada, nada de eso, noto. Quiero vivir tranquila, verme sabia. Trabajar con quienes más admiro, como siempre. Cuidar y proteger a mi familia, como siempre. Ahora quiero además cuidar de mí misma, de cada una de las personas que me rodea, de la naturaleza, del ser humano, otra vez de mi misma (requiero constancia). De la miseria de ánima que contagia nuestro tiempo. Quiero brillar color amarillo cerveza en verano, sentirme fresca y refrescar, quiero tener la fuerza de un río, encontrarla, quiero ser poesía, ave, metáfora, viento, sol, agua…

Miro de nuevo a mi menuda terapeuta de pechos imposibles, pero ciertos: Eres hábil, pienso. Muy hábil. Sonrío.

Quiero ir a la playa. Bañarme en el mar, vencer mi fobia a las bolsas de la orilla. Quiero volver a estudiar. Quiero comprarme una chalana mediana y ponerle cortinas al estilo árabe, tenerla aquí en Chorrillos, para ir con amigos a beber chilcanos y comer ceviches frescos. Yo no necesito un yate. Quiero estar sana, sonreír, viajar. Quiero ver a mis amigos. Hasta he pensado en dejar de fumar tabaco. Algún día. Quiero hacer cosas sencillas que me llenen de aire y luz. Quiero vivir. Gozar a mis hijos, mi salud, mi libertad.

Sonrío.

Eres en verdad muy hábil, todo un misterio.

Como la vida,

pienso.


Escrito por

Kareen Spano

Alcaldesa autoelecta de Kojudópolis. Llego desde Blogspot con un ejército de Kojudopólitans. Son sujetos sumamente peligrosos. Sobre todo cuando cantan. O cuando sonríen. Ni hablar de cuando sueñan.


Publicado en

Kojudópolis

Conocida en la Vía Láctea como Kojudópolis capital del pequeño planeta entregado un día azul